Tesoros en riesgo


Ari Salgueiro

 Los mexicanos somos especialmente celosos con nuestro patrimonio cultural. Todos, sin importar el nivel educativo o el socio-económico tendemos a respetar, al menos de dientes para afuera, los abundantes tesoros arquitectónicos que hay en el país.

Todos nos sentimos orgullosos de nuestro mestizaje, pero también de lo que cada una de las culturas que le dio forma a éste nos ha dejado como legado.

Las pirámides, los templos prehispánicos nos recuerdan un pasado glorioso; pero también lo hacen las iglesias, haciendas, casas y demás construcciones que datan de tiempos de la colonia y del virreinato.

Casi, casi, nos inmolamos envueltos en la bandera cuando alguien en el extranjero “atenta” contra los símbolos patrios, nos desgarramos las vestiduras y protestamos ante el mundo entero, somos los campeones en la defensa de nuestro patrimonio cultural.

 

SIN RESPETO A MONUMENTOS

Sin embargo, paradójicamente, también somos los campeones en la vulneración de ese patrimonio. Aun cuando se sabe que se trata de edificaciones con más de 300 años de antigüedad y que por lo tanto tienen un grado de desgaste mayúsculo.

Los casos más sonados se han dado en el Distrito Federal, sólo hay que recordar que un funcionario local celebró su cumpleaños con un “reventón” de amigos, nada más ni nada menos que en La Rotonda de las Personas Ilustres, en donde los restos de los próceres nacionales seguramente retumbaban al ritmo de la estridencia musical.

Y qué decir de la boda de otro funcionario en la Capilla Británica, en donde los novios bailaban alegremente al son del mariachi en donde antes estuvo el altar mayor de esa capilla.

Claro que cuando estas fiestas salieron a la luz generaron muchas reacciones, pero estas no pasaron de ahí pues, para la sorpresa de muchos, la renta de espacios considerados como patrimonio de la Ciudad de México es legal.

La Asamblea Legislativa del Distrito Federal, el 20 de febrero, el 20 de marzo y el 1 de agosto del año pasado, hizo adecuaciones para permitir la utilización de estos recintos con el pretexto de que la falta de recursos económicos no permitía darle mantenimiento a los recintos culturales de la Ciudad de México.

Por esa razón se legalizó la renta de estos recintos para presuntamente darle mantenimiento a los mismos edificios.

Sin embargo en los hechos la cosa huele mal, pues lo obtenido por la renta de esos espacios no está etiquetado y se va a un fondo denominado “autogenerados” en el que entran todos los recursos que se allegan las administraciones delegacionales y cuya utilización es, por demás, indistinta.

La única autoridad con capacidad real de análisis en estos temas que manifiesta su preocupación es el INBA, pues establece que las ambigüedades en este tema no se quedan en el ámbito local y llegan hasta las instancias federales.

De acuerdo con funcionarios de ese instituto esas ambigüedades propician que el patrimonio artístico y cultural se deteriore y este en vías de desaparición, pues en los reglamentos no hay obligatoriedad para preservarlos.

salgueiro museo de la cd. de mexico

LOS PRECIOS Y SANCIONES

Los precios varían y van desde menos de dos mil pesos por una fiesta en la Capilla Británica, hasta poco menos de 20 mil por un evento en el Museo de la Ciudad de México.

En caso de daños, las sanciones son muy subjetivas, pues si, en el caso del Museo de la Ciudad de México se deteriora algo por mal uso de quien lo renta “se le aplicaría el reglamento de justicia cívica, se acudiría a un especialista del INAH, se diría cuánto cuesta la reparación y se sancionaría al responsable”.

Sin embargo, reconocen las mismas autoridades del INAH, normalmente no se sanciona a nadie. “La gente prefiere no reportar que se despostilló un espacio. Supervisar un evento para 400 personas en el patio principal del Museo de la Ciudad de México se está más pendiente de los meseros que de algún daño que pudiera haber al lugar”.

Así que la riqueza monumental de México está en riesgo claro, pues no existe una legislación general que permita su protección y si se mantiene el ritmo de utilización al que se han visto sometidos estos tesoros, sin duda llegará muy pronto el momento en que su deterioro sea tal que no tengan remedio y todo esto ante unas autoridades que, lo menos, se hacen de la vista gorda ante la incongruencia de las acciones.