Semifinal con tintes de lucha anticolonialista: Roitman


Aficionados celebran junto al Arco del Triunfo la victoria de ‘Les Blues’, el 14 de diciembre de 2022. Foto Afp

Juan Manuel Vázquez / La Jornada

La semifinal entre Francia y Marruecos no se agota en un partido de futbol, plantea Marcos Roitman, doctor en sociología y colaborador de La Jornada. Ese encuentro alcanzó los registros de una metáfora de la lucha anticolonialista, de los condenados de la tierra -como en el célebre libro de Frantz Fanon- que invadieron la cancha de un centro del poder.

“Lo que detona el futbol como acontecimiento colectivo, de raigambre popular aunque el capitalismo se lo haya robado, es algo mucho más profundo porque no sólo es la competencia en una cancha, sino lo que se juega a su alrededor, como la identidad y que involucra a la historia, o qué otra cosa es ese partido con los goles de Maradona a Inglaterra en México 86”, plantea.

El futbol es mucho más que una pelota sobre el césped porque se trata de un hecho simbólico que construye colectividad, nos dice Roitman, coautor junto al ex entrenador argentino Ángel Cappa del libro Futbol y política. Conversaciones desde la izquierda. Y cuando lo dice también piensa en esa fuerza de convocatoria en los patios escolares donde las mochilas son porterías, las bolas de papel las pelotas y también en ese fenómeno que se multiplica en multitudes que sienten solidaridad por un instante o por largos periodos en la historia.

“Ese futbol, en tanto acontecimiento colectivo, hace pueblo”, expresa Roitman; “el capitalismo se apropió de esta manifestación, le impuso reglas y una forma de consumo, pero lo que sigue vigente en el balompié es su espontaneidad, su forma de interpelar las emociones y a la gente, el placer del juego, porque no debemos olvidar que el futbol también tiene un gran poder de emancipación”.

“Aunque el origen del futbol proviene de los colectivos sindicales y proletarios, terminó por convertirse en un negocio. El capitalismo se apropió del juego y se los arrebató a los aficionados. Eso, sin embargo, no le ha quitado que aún sea un deporte esencialmente popular. Se sigue jugando en las calles de los barrios y en los colegios, en los potreros o los llanos”, añade.

No debe ignorarse que el Mundial, y por tanto el balompié, también corrió una cortina y dejó ver una realidad que el poder no quie-re mostrar. Detrás del discurso que pregona la igualdad de las naciones y la pureza ética del deporte, hemos visto la corrupción, la explotación y el racismo.

En las horas previas a la segunda semifinal, Francia desplegó un operativo de 10 mil efectivos de la policía y la Gendarmería. Cinco mil de esos guardias estaban concentrados en París. En ese país hay más de un millón de migrantes de origen marroquí. Bélgica, sobre todo en Bruselas, hizo otro tanto.

“Ese despliegue no sería igual si la semifinal no fuera ante Marruecos sino contra otro país europeo”, sostiene Roitman; “lo que queda al descubierto es la mirada colonial, el poderoso que desprecia al otro, no importa si nació en Francia pues no deja de ser el otro, y que desde la mirada hegemónica no deja de representar una amenaza. Es la vigencia del neoconservadurismo que teme a la migración, pero la explota, la racializa y la segrega”.

Si Francia hubiera perdido habría sido algo parecido a una humillación, porque el poderoso minimiza al dominado, aun cuando la mayoría de los jugadores de Marruecos lo hacen en las ligas de Europa y catorce de ellos nacieron en ese continente.

“Para Francia era como el choque de la Civilización contra la Barbarie y una derrota hubiera suvbertido su sistema de valores”, plantea.

Todo esto puede verse, si se quiere, en un solo partido. En el discurso dominante de organizaciones, medios de comunicación y clu-bes se insiste que deporte y política no se mezclan, pero eso lo dice el poder, precisa Roitman.

“No dejemos que la derecha se apropie de la interpretación de lo que nos significa el futbol como acontecimiento colectivo e identitario y como placer de las multitudes”.