¿Quién?


Portada de este diario el día siguiente a los atentados.

David Brooks, corresponsal / La Jornada

Nueva York. Hace 20 años, según las agencias de inteligencia, la mayor amenaza terrorista contra Estados Unidos provenía de musulmanes ultraderechistas al otro lado del mundo -en Afganistán, Pakistán y Medio Oriente- y ahora, dos décadas después, esas mismas agencias concluyen que la amenaza terrorista más grave en este país proviene del interior por estadunidenses cristianos ultraderechistas y sus aliados.

El próximo sábado, el presidente Joe Biden y su gobierno marcarán el vigésimo aniversario de los atentados del 11 de septiembre pero no se revelará en los discursos oficiales la primera pregunta ante las imágenes que dieron vuelta la mundo ese día.

El día después de los atentados, el 12 de septiembre de 2001, la portada de La Jornada era la foto de las torres gemelas impactadas por los aviones transformados en arma y una sola palabra: “¿Quién?” (esa portada fue una de unas 25 o 30 seleccionadas para la exhibición permanente sobre el 11-s en el Newseum- el museo nacional de medios en Washington).

Nueva York. Hace 20 años, según las agencias de inteligencia, la mayor amenaza terrorista contra Estados Unidos provenía de musulmanes ultraderechistas al otro lado del mundo -en Afganistán, Pakistán y Medio Oriente- y ahora, dos décadas después, esas mismas agencias concluyen que la amenaza terrorista más grave en este país proviene del interior por estadunidenses cristianos ultraderechistas y sus aliados.

El próximo sábado, el presidente Joe Biden y su gobierno marcarán el vigésimo aniversario de los atentados del 11 de septiembre pero no se revelará en los discursos oficiales la primera pregunta ante las imágenes que dieron vuelta la mundo ese día.

El presidente y la vicepresidenta de Estados Unidos, Joe Biden y Kamala Harris, durante uno de los homenajes por el 11-S en Arlington, Virginia. Foto Afp

El día después de los atentados, el 12 de septiembre de 2001, la portada de La Jornada era la foto de las torres gemelas impactadas por los aviones transformados en arma y una sola palabra: “¿Quién?” (esa portada fue una de unas 25 o 30 seleccionadas para la exhibición permanente sobre el 11-s en el Newseum- el museo nacional de medios en Washington).

La respuesta sencilla, según las autoridades, es que fue la organización terrorista Al Qaeda bajo mando de su dirigente Osama bin Laden, y eso fue vengado con la guerra lanzada contra Afganistán en octubre de 2001, y el asesinato de Bin Laden en el 2011. Pero no es tan sencillo.

Aunque la consigna oficial para marcar ese día cada año es “nunca olvidaremos”, se ha logrado “olvidar” los orígenes directos de lo que sucedió el 11 de septiembre.

Los “enemigos” de Estados Unidos hoy fueron sus aliados ayer. Washington invertiría más de 9 mil millones de dólares para respaldar a los mujadin más extremistas desde 1979 que combatieron a la Union Sovietica con el propósito, según Zbigniew Brzezinski el asesor de Seguridad Nacional del presidente Jimmy Carter quien encabezo la iniciativa, de crearle a los rusos “su Vietnam”. Al igual que los contra nicaragüenses, este operativo de una década fue clandestino con la CIA formando un ejército mercenario. Arabia Saudita empezó a colaborar con los estadunidenses en esa aventura, y es por ahí que Al Qaeda y su líder Bin Laden entraron a ese escenario.

En los ochenta, Ronald Reagan invitó a los líderes mujaidín de Afganistán a la Casa Blanca donde los calificó como «el equivalente moral de los Padres Fundadores de América”. Aquellos eran elogiados como “libertadores” por su guerra contra el “comunismo”, en una guerra atroz con enormes costos humanos. El Talibán, como Al Qaeda, surgió justo de esas filas. A partir del 11-s, los antes “luchadores por la libertad” de pronto fueron proclamados el enemigo principal de Estados Unidos.

Veinte años después, las agencias de inteligencia y seguridad ahora consideran que la mayor amenaza terrorista a Estados Unidos proviene desde adentro, desde su propio pueblo. La nueva evaluación oficial de terrorismo formulada por el Departamento de Seguridad Interna hace unas semanas, afirma que “extremistas violentos” motivados por temas de raza y etnia “permanecerán como una prioridad de amenaza nacional para Estados Unidos”. El secretario de Seguridad Interna Alejandro Mayorkas y el procurador general Merrick Garland afirmaron en junio que el extremismo violento doméstico motivado por racismo, en particular el de supremacistas blancos, es ahora “la amenaza relacionada al terrorismo más significativa que impacta a la nación”.

El terrorismo de ultraderecha racista se ha expresado a través de actos violentos, incluso homicidios, en varias partes del país, y llegó a realizar una intentona de golpe de Estado el pasado 6 de enero al invadir el Capitolio para anular el proceso electoral nacional.

Las iniciativas de gobernadores y legisladores derechistas -desde medidas para suprimir el voto, anular libertades civiles, rechazar la ciencia y la historia, nutrir la xenofobia y el racismo tan enraizado en el país- junto con grupos aliados extremistas después de cuatro años del neofascismo de Donald Trump, siguen poniendo en jaque la democracia estadunidense. Para algunos, el enemigo real está adentro, no afuera, del país.

Vale recordar que el atentado terrorista más grande y mortífero dentro de Estados Unidos antes del 11-S fue el realizado contra el edificio federal del Oklahoma City en 1995, donde murieron 168 personas. Los responsables eran dos estadunidenses blancos vinculados con milicias ultraderechistas.

Pero a la vez, al resumir los últimos 20 años desde el 11-s, también hubo expresiones de resistencia, rebelión y cambio contra las aventuras imperiales en el exterior y los ataques contra derechos y libertades civiles al interior de este país que persisten hasta este día.

Eso estaba ahí desde las primeras horas del 11-s, con las expresiones de bondad y solidaridad de miles, como ese estadunidense joven quien, al enterarse de la noticia del atentado, sacó todos sus ahorros, subió a su coche, manejó sin parar unas 10 horas desde su casa en Kentucky para llegar a la zona cero, sin conocer a Nueva York, y sumarse a las brigadas que buscaban sobrevivientes sobre los escombros humeantes. Comentó que no entendía a sus compañeros ya que muchos no hablaban inglés, pero “éramos hermanos”. Las conversaciones en las calles, los abrazos entre desconocidos, la búsqueda de desaparecidos con sus fotos en muros por toda la ciudad, que después serían sustituidas por mensajes de amor y dolor.

Ante los mensajes bélicos, vengativos y de los políticos halcones, arrancó uno de los movimientos anti guerra más grandes de la historia con el lema de “no en nuestro nombre”. A lo largo de los siguientes años, se sumaría a la resistencia contra la xenofobia, el racismo y más de las políticas pos 11s, un movimiento masivo de inmigrantes, contra la explotación del planeta por unos cuantos con Ocupa Wall Street, y las movilizaciones antiracistas más grandes de la historia del país bajo el lema de Black Lives Matter, entre otros.

De eso se responde al gran tema de la seguridad y el temor tan útil para los políticos. Críticos progresistas siguen cuestionando las justificaciones para proseguir con la infinita guerra contra el terror, señalando que el terrorismo extranjero ha tenido muy poco que ver con los problemas más graves que enfrenta esta nación. Señalan que ha sido mucho más peligroso el irresponsable manejo de una pandemia que ha matado a más de medio millón de estadunidenses, números sin precedente de muertes por armas de fuego cada año, la devastación generada por cambio climático -incendios, inundación, sequías- por todo el país. Y el hecho de que el terrorismo doméstico de estadunidenses mata a más estadunidenses que el de los grupos extranjeros.

La disputa sobre el futuro de este superpoder aún está lejos de llegar a una conclusión, pero no se puede decir que no se sabe quiénes son los responsables de como están las cosas al llegar este aniversario.

Como advirtió el historiador Howard Zinn en entrevista con La Jornada: “el establishment depende mucho de la amnesia histórica, del hecho de que en este país la gente generalmente no conoce esta historia. No sólo no conoce lo que ocurrió a fines del siglo XIX o principios del XX; desconoce la historia de los últimos 15 o 20 años. Eso facilita que el gobierno diga al pueblo cosas que son inmediatamente aceptadas.”

La memoria es clave para un futuro diferente. Tal vez para eso podría servir este aniversario.