Oaxaca, ciudad de la resistencia


Alejandro Moguel

Durante el conflicto de 2006, magisterio y otras organizaciones utilizaron la frase que tomé para titular este artículo: Oaxaca, ciudad de la resistencia. Cuánta razón tenían, pues a pesar de todo lo que padece de manera cotidiana, Oaxaca resiste.

El embate de los grupos cada vez más radicales ha afectado edificios históricos como Santo Domingo de Guzmán, una afrenta para la historia misma, pues independientemente de las demandas de justicia, que son válidas, dan cuenta del olvido de nuestra identidad.

De acuerdo con datos de la Comisión de Transparencia y Acceso a la Información, en 2013, se realizaron 2 mil 375 marchas y bloqueos, lo que representa 6 manifestaciones por día. La cifra duplicó en 2014, pues a junio llevaban contabilizadas más de 2 mil protestas en la ciudad de Oaxaca.

Estamos entrando en el tercer mes de 2015 y tan solo la última semana, se registraron en un sólo día 35 puntos de protesta, obviamente el magisterio oaxaqueño con su capacidad de movilización contribuyen a esta cifra.

Sin entrar a un análisis sociológico de la protesta social, es sintomático que cada vez más las calles sean la forma de reclamar atención al gobierno de Oaxaca. En años recientes, la argumentación para la misma era la cercanía de los tiempos políticos. Grupos que con un interés particular se movilizaban para tratar de afectar la carrera política de algún personaje, cuando menos es lo que se decía.

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Ahora, en el colmo de la situación, hay organizaciones cuyos líderes son funcionarios de gobierno y aún así siguen ocupando las calles como mecanismo para obtener lo que busca, ya sea recursos públicos o espacios políticos. Es decir que a la forma de expresarse se suma el descontento social y la falta de respuesta a demandas que podrían ser atendidas por los funcionarios antes de desbordarse.

El caso más emblemático de la protesta es el Zócalo de la ciudad. En medio de fétidos olores, los grupos se distribuyen los corredores del palacio y los alrededores del kiosko, donde conviven con vendedores ambulantes que ya utilizan como mercado este espacio que es uno de los más bellos de México.

La plaza que trazó en 1529 don Juan Peláez de Berrio está convertida en un muladar sin que a ninguna autoridad le preocupe su deterioro. Si bien es cierto que no pueden desalojar a los grupos de manera permanente, bien pudieran atender de manera especial este espacio.

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EVOCANDO AL GRAN GABO

Quien camina por el Zócalo evoca necesariamente El Otoño del Patriarca de Gabriel García Márquez:  “Y habían proliferado tanto en el abandono que apenas si quedaba un resquicio sin olor en aquel aire de rosas revuelto con la pestilencia que nos llegaba del fondo del jardín y el tufo de gallinero y la hedentina de boñigas y fermentos de orines de vacas y soldados de la basílica colonial convertida en establo de ordeño”. Así estamos en Oaxaca, la diferencia es que aquí hay un gobernante que de vez en cuando viene a la ciudad para despachar desde Palacio de Gobierno y quizá hasta sus oficinas no llegue la pestilencia que se respira a fuerzas al caminar por este lugar.

Algunos turistas intrépidos caminan entre los puestos, adquieren las prendas que se exponen en los corredores y se libran de los constantes asaltos que hay en la zona, pues también el ambiente ha permitido que crezca la inseguridad.

Los dueños del Zócalo son los maestros y los indígenas triquis. Las autoridades deben negociar con ellos su retiro temporal para celebraciones como La Noche de Rábanos, con costos que nadie conoce. ¿Quién devolverá la dignidad a este espacio que era de los oaxaqueños? Cómo es posible que la autoridad permita el deterioro sin siquiera detenerse a observar qué ocurre.

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Gabino Cué ha dicho que en Oaxaca las protestas son parte de la idiosincrasia, pero supera todo límite.

La caseta de Huitzo es otro de los puntos favoritos de la protesta. Ahí estiman que los grupos que la toman llegan a recaudar hasta 100 mil pesos en un día. Quizá a los funcionarios no les importe qué pasa con Oaxaca, pero a los oaxaqueños, los que deben checar tarjeta para que no les descuenten o llevar a sus hijos a la escuela en transporte público, sí estén hartos de lo que sucede en Oaxaca, de la movilización constante, de los bloqueos diarios, pues ni en fin de semana se salvan de toparse con alguna vialidad obstruida. La resistencia es nata al individuo, lo ha sido en los últimos años y meses para los oaxaqueños, los de a pie, que han aguantado con creces los desatinos de este gobierno y la intransigencia de los grupos que afectan a terceros para beneficio de unos cuantos.