Mujer y el poder


Margaret Thatcher

Fernando Buen Abad Martínez/La Jornada

Lucha de mujeres

Es un simplismo suponer que la elección de mujeres en los cargos de dirección es, por sí, un cambio de paradigmas en el ejercicio económico, político y cultural del poder. La dirección no es un problema de “género” el problema es de programa. Clase, género y dirección. Hemos tenido ejemplos dolorosamente retrógrados y paradójicos. Reinas, ministras, “presidentas” y lideresas de todo tipo han dejado huellas indelebles nada enorgullecedoras. Heredamos una nómina femenina macabra, artífice de episodios opresión y crimen: Margaret Thatcher, Isabel (llamada reina) y muchas más.

Esos antecedentes son desafío histórico inmediato para las izquierdas (como las explica Sánchez Vázquez) que expresarán poder con la dirección de mujeres. Se somete a examen riguroso la base programática, la amplitud y la hondura de las políticas concretas en la economía, la cultura, la ideología y la filosofía. Y también los rezagos y manías endógenos. Los retos para la igualdad de oportunidades y especialmente la igualdad de condiciones.

Con el avance político de las mujeres progresistas, de izquierdas o revolucionarias, se tensan las tramas culturales, las costumbres, las subjetividades y los “atavismos” históricos por cotidianos.

Se pone bajo tensión superadora, como segunda negación, un paquete político con sobrepeso ideológico, que las izquierdas deben saber saldar, y sanar desde sus entrañas, si aspiran a grados honestos de credibilidad con la dirección de las mujeres bajo la lucha de clases. Marx insistía: “En el comportamiento hacia la mujer, botín y esclava de la voluptuosidad común, se manifiesta la infinita degradación en que el hombre existe para sí mismo…

Reina Isabel

Del carácter de esta relación se desprende en qué medida el hombre ha llegado a ser y se concibe como ser genérico, como ser humano: la relación entre hombre y mujer es la más natural de las relaciones entre uno y otro ser humano”.

Víctimas de vulgarizaciones y reduccionismos, las mujeres han sido condenadas a negación e invisibilización, perversa y voluntarista, de un formato ideológico que repite estereotipos burgueses amaestrados en pergaminos de “culpas originales” interminables. Nada menos que la ideología de la clase dominante con máscaras teológicas, políticas, filosóficas y científicas. Forma esclavista, utilitaria, productivista y mojigata. Sin embargo, es más grande la rebeldía de la vida que siempre abre pasajes a propuestas políticas con el aporte de las mujeres. Agradézcase.

Como copartícipes del proyecto político en marcha, que suele comenzar en la propia casa, las mujeres de la izquierda sintetizan premisas formales y conceptuales que se enriquecen dialógicamente en trances electorales. Es una particularidad histórica que repudia obediencias, obsecuencias y eclecticismos simplistas o de oscilación.

Repelen los maniqueísmos más groseros. Construyen “otra moral” renovada capaz de increpar a sus propias organizaciones para desarticular las geografías políticas y los pedantismos conceptuales. Una revolución de conciencias para armarse de ida y vuelta. Generan políticas refrescantes que esperanzan, en otra geografía real, entre las demografías de la injusticia. Exhiben una inteligencia pegada a la vida que exige honestidad transformadora. En serio.

En medio de sabotajes, tergiversaciones, manipuleos, chantajes, malversaciones y corrupciones burguesas, las lideresas de la izquierda sobreviven a la lógica del machismo intoxicada con moralismos.

Una guerra mediática burguesa se especializa en atacarlas y el costo es entender (si entiende) y responder lo que se negó y se niega. La mentalidad burguesa subestima a las mujeres. ¿Ahora quién cuidará el excedente? Por eso las mujeres de las izquierdas han de representar un poder del pueblo trabajador, inatomizable, capaz de derrotar la estupidez y perversión monumentales del pensamiento hegemónico burgués, autoritario y patriarcal, cargado de espantos y extravíos. Ese que, también, ha coexistido en las filas de las izquierdas.

No nos engañamos. Rémora innegable llena de transas ideológicas contra las que urge desarticular vicios. Nada justifica reduccionismos descalificadores, funcionalismos, atomismos o fisiologismos. La guerra de engaños y demagogias malversadoras contra las mujeres de la izquierda busca invisibilizar el aporte rebelde que despliega la lucha emancipadora de las mujeres, incluso en la política.

El “miedo” al poder de las revolucionarias no es historia reciente, su negación es otro paradigma fenomenal erigido sobre las bases de una ideología tan soberbia como pobre. Expresión de desconfianza que en algunos se manifiesta como ceguera en la cuerda floja de las apologías machistas en exageraciones que exacerban lo “sublime femenino”, que vive un reino virginal y celestial cursi entre retablos de madres, hermanas y esposas inexistentes por imposibles. Transustanciación de metas inmediatas en mitos utópicos. Herencia fortalecida por el judeocristianismo y adornado con oropeles renacentistas.

Se trata de una cultura sustitutiva que disocia objetos y conceptos, experiencias e inteligencias. Sustitución que representa, por colmo, una de las pocas alternativas populares del presente. Para asfixiar el ascenso político de las mujeres de izquierda, las burguesías instalan incluso relatos de exclusión, subutilización, malversación y vulgarización paradójicamente en manos de mujeres de derecha.

Convocatorias atendidas

La fuerza política de las revolucionarias está más allá de satanizaciones, vulgarizaciones y ocultamientos; revela, con sus luchas actuales, una guerra abierta contra el licuado ideológico posmoderno y neoliberal. Son una revolución de la conciencia, real y autocritica, que dirigirá gobiernos y regímenes institucionales, democráticos, progresistas, constitucionales y revolucionarios para superar el reto histórico de esta hora. Si logran superar algunos contextos. No hay duda.

No es gratuito el peso del protagonismo de las mujeres de la izquierda que representan un programa de transformaciones paradigmáticas, no reformistas, no sólo de apariencia. No es casual en la historia del sometimiento esclavizante, en el que las mujeres han sido víctimas de chistes morbosos, de incomprensión laboral y familiar, de sospechas y menosprecios, que nazca una agenda semiótica de combate para exhibir y someter a crítica la producción de semiosis de la sociedad entera, desinformada, engañada con el manual del “usuario feliz” de lo femenino (perpetrado por los genios del control ideológico). No hay escapatorias.

Tenemos ante nosotros la inteligencia de las mujeres de izquierda organizándose para dirigir el poder contra la desigualdad, la desinformación y la demagogia del capitalismo. Lo que no podemos hacer ante esta oportunidad histórica es regatear los votos.