La muerte de Supermán


José Steinsleger/La Jornada

En aquellos viernes de ansiedad, cuando mi viejo regresaba del trabajo, entraba directo al baño con las revistas de la semana y llenaba la tina con agua caliente. Bajito, por si las moscas, le susurraba a través del vano de la puerta: papá… ¿trajiste Supermán?

–Sí, ya te la paso…

Momentos de indecible frustración y pataleos, en los que lamentaba carecer de superaliento y soplar a temperatura congelante para enfriar a los pillos. Bueno… no quiero ser injusto con mi villano favorito porque ambos detestábamos a Lex Luthor, el archienemigo de Supermán.

Más tarde, solía provocarlo: a ver… ¿hay algo más grandioso que un héroe del trabajo de la Unión Soviética, cosechando millones de toneladas diarias de trigo y cereales? Impasible, papá respondía: claro que sí… ¡Supermán!

Como dijo un gran pensador mexicano, ahí estaba el detalle. Pues si el hombre de acero estimulaba a un niño educadito a luchar en defensa de los débiles, ser más rápido que una bala, saltar edificios altos de un solo salto, tener visión de rayos X, telescópica, infrarroja, microscópica, y pertenecer a la Liga Internacional de la Justicia… ¿qué le transmitía Supermán a los adultos?

En 1938, cuando apareció el primer número de las aventuras de Supermán,los pueblos cultos de Occidente quedaron enterados de que el planeta Kriptón, dominado por humanoides, había estallado a causa de catástrofes similares al que habitamos. Pero segundos antes del final, los progenitores de un bebé llamado Kal-El lo metieron en una cápsula y la dispararon al espacio sideral.

Con precisión astronómica (los kriptonianos adelantaban en 100 mil años a los terrícolas), el artefacto cayó cerca de Metrópolis, ciudad del cinturón industrial de Estados Unidos (dónde más), que en aquellos años emergía de la gran crisis capitalista de 1929, gracias a las políticas del New Deal impulsadas por el casto demócrata Franklin D. Roosevelt.

Kal-El fue encontrado ileso en la granja de los puritanos Jonathan y Martha Kent, y lo adoptaron llamándolo Clark. Sin embargo, desde que empezó a gatear, el niño mostraba una conducta peculiar. Con apenas tres añitos, jugaba con las palomas volando por encima del establo, levantaba un tractor con una sola mano y para dicha de Martha barría en segundos la casa y el jardín.

Acariciándose la barba de chivo, Jonathan estimó que con tales superpoderes su hijo podría realizar tareas en beneficio de la humanidad. ¡Que sea político!, dijo Martha. Más sensato, su esposo observó: “No… mejor que sea periodista y aprenda a dominar el doble discurso y la doble moral de nuestra sociedad. Y como los liberales son muy chismosos, guardemos el secreto de su identidad”. Así, con las ropitas encontradas en la cápsula, Martha le confeccionó a Clarckcito un traje indestructible, con capa y todo.

Pocos años después, los ciudadanos de Metrópolis fueron sacudidos por un ventarrón. Atónitos, alzaron la mirada al cielo y se preguntaron: ¿es un pájaro?, ¿es un avión? ¡Qué va! Era Kal-El (ahora Supermán), persiguiendo a granujas, gángsters, inmigrantes alemanes o japoneses sospechados de nazis, encapuchados del Ku-Klux-Klan, y dictadores totalitarios que figuraban en la nómina de Washington (con excepción de sus aliados).

Luego, el bienhechor cambiaba de traje y se convertía en el medio tarado y medio periodista Clark Kent, que enloquecía a jovencitas como Luisa Lane, Hillary Clinton y Meryl Streep. Y es que Supermán llegó a ser tan popular, que la revista Time informó que en 1942, para levantar el ánimo, la Armada incluía sus aventuras entre las provisiones básicas destinadas al cuartel del cuerpo de marines en las islas Midway. Algo así como el pavo de mentiritas que W. Bush repartió el Día de Acción de Gracias de 2003, entre sus soldados estacionados en Irak.

Con excepción de los científicos sociales, todo mundo sabía que el megalómano Luthor era un rico hombre de negocios que tenía a Supermán entre ceja y ceja. Claro, carecía de superpoderes y doble identidad. Pero en sus empresas, el supervillano contaba con las tecnologías más avanzadas. Y además, proyectaba su imagen pública donando millones a fundaciones, organizaciones benéficas, museos, parques y entidades deportivas.

Durante muchos años, los científicos dementes de Luthor trataron de averiguar qué podía matar a Supermán. Hasta que un día, en medio de una batalla decisiva, le inyectaron kriptonita verde, sustancia extraída de un mineral originario de Kriptón que en la atmósfera terrestre resultaba letal para nuestro héroe.

Tal vez sea difícil aceptarlo. Pero restando horas para que un humanoide blancoide reciba las llaves del poder imperial de manos de un humanoide negroide, sospecho que junto con Supermán también morirán el doble discurso, la doble moral y la doble identidad de los liberales. ¡Tremenda calamidad!

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