El Diluvio: Scherer, el irrepetible


Rafael Cardona

 Es a veces difícil poner en orden tantas ideas juntas relacionadas con una sola persona, porque desde la mañana cuando conocí la noticia de la muerte de Julio Scherer se me vinieron encima muchos recuerdos, muchas historias y una valoración de la influencia de ese hombre en mi vida.

Él fue mi jefe durante los seis años de trabajo  en “Excelsior”.  Con él, y después cuando salimos por las razones que todo el mundo conoce, o que conoce mal, pero que conoce, el 8 de julio del año 76. Después  participé con él en la formación de la agencia de noticias CISA, origen de  la actual revista Proceso, y después hubo algunas divergencias por parte mía sobre las cuales yo ya no tenía interés en salvarlas y preferí irme de ahí, y durante 20 años entre Julio y yo no hubo más que silencio, distancia.

Después de ese lapso nos volvimos a encontrar y la relación se mejoró, se hizo buena, nos intercambiábamos libros, regalos, tiempo, pero creo que el momento más importante de la vida de él como periodista y de la vida mía como un discípulo agradecido por lo que él hizo por mí, fue cuando en aquella reunión que él sostuvo con «El Mayo» Zambada .

Me parece que fue muy importante porque yo no conozco caso igual en la historia del periodismo mexicano, de un hombre que a esa edad, casi a los 83 años, ya con unos ciertos quebrantos de salud, pueda arriesgar su vida solamente por el cumplimiento de una misión autoimpuesta.

Todos sabemos que en ese tiempo era muy difícil, como lo es ahora, con el acoso de los militares, con el asedio de las fuerzas de seguridad, intentar meterse a las zonas sobrevigiladas, con riesgo de que no sabes si el delincuente, el gran capo te va a secuestrar o te va a matar, o te va a usar como una moneda de cambio frente al gobierno, o te va a obligar a que digas algo, o te va empujar o te va a presionar.

Y Scherer ahí, desde mi punto de vista, nos dio el ejemplo de lo que es la vocación cumplida, porque mucha gente habla de la vocación, sí, pero la vocación se debe cumplir.

La exigencia que él tenía con nosotros, con toda la generación a la que yo pertenezco y que ahora casi todos tenemos posiciones mucho más altas de las que teníamos cuando éramos reporteros de ediciones de “Excelsior “ o del propio periódico matutino, él nos impuso un estándar de calidad que no permitía traiciones, no se permitían traiciones a la redacción, no se permitían traiciones a la dignidad profesional, no se permitían traiciones a los lectores.

De ahí en adelante en el mundo hay justos y pecadores.

Yo no voy a decir que Julio era un pecador, ni que era un justo, ni que era un santo, lo que sí sé, es que nunca separó su vida personal de su vida profesional.

Cuando esta reunión de «El Mayo», a la que yo me refiero como el punto culminante de su profesión, profesión en la cual había hecho cosas prodigiosas, verdaderamente buenas, apareció publicado, el gobierno sufrió un ataque de ira, y contrató a tres o cuatro perros de presa para que se lanzaran a mordiscos contra Scherer y lo inculparan y le dijeran cosas espantosas, negando la naturaleza de la profesión, que es hablar con quien resulta  noticia y buscar lo que los demás no tienen y enterarse de lo que los demás no saben.

Y entonces le ladraron, le tiraron mordiscos al tobillo.

CARDONA   J SCHERER FOTO COMPLEMENTO

A mí me pareció injusta la reacción de muchos, algunos de ellos ni siquiera participantes de nuestra profesión, y entonces hablé en la televisión, en el programa que hago los viernes en Televisa, en Radio Fórmula y  tuve la oportunidad de comentar el asunto y me dio una enorme satisfacción haber defendido el prestigio profesional de Julio en esas condiciones de acoso y de agravio.

A él le pareció igual, me volvió a llamar, nos reunimos, me regaló un libro cuya dedicatoria voy a publicar en “Proceso” el próximo domingo, porque Rafael Rodríguez Castañeda me pidió que escribiera un texto sobre Scherer, y ahí voy a publicar esta pequeña parte de la historia, y me dijo algo verdaderamente sensacional, de esas cosas que a uno lo acompañan en el ejercicio de la profesión y dijo:

«Lo que digan de mí no me importa don Rafael, no me importa, porque yo nunca he pretendido ser importante por mi persona, quiero ser trascendente por mi trabajo».

Y su trabajo ahí está, ahí están los años enteros de la revista “Proceso”,  ahí están los ocho años en los cuales él dirigió Excélsior con un grado de calidad periodística y de dignidad política que no ha vuelto a tener ese periódico, hoy no tendría porqué compararse el de hoy con el de 1975 o 74, pero lo que sí se puede comparar es qué le ocurrió al periodismo mexicano después de la irrupción de Scherer.

Yo creo que hay dos grandes personajes con los cuales tuvimos oportunidad de una reunión feliz cuando salimos de “Excélsior”, y los dos grandes personajes de la prensa mexicana del siglo pasado y de la parte que lleva éste, fueron José Pagés Llergo y Julio Scherer.

Y entonces, en aquella oficina que nos prestó el maestro Pagés en la esquina de Dinamarca y avenida Chapultepec, para que ahí nacieran CISA y después “Proceso”, en esa oficina en el año 76, haca ya tanto tiempo, 40 años, casi 40 años, una tarde yo le dije a Julio:

–«Julio, ahí está el arpa, ya no toco”

–¿Pero qué pasa?’

–Pasa que ya no toco».

Y me fui, y desde entonces, nunca volví a “Proceso”, volveré este fin de semana.

Y no tuvimos tiempo para el arrepentimiento ni para el rencor.

Pasaron muchas cosas, nos distanciamos, nos encontramos, pero para mí siempre será un motivo de orgullo y cada vez que hago algo y lo escribo, y lo leo y lo veo, con mucha frecuencia digo:

«¿Esto le gustaría a Julio?», y algunas cosas que escribí le gustaban, me hablaba y me decía: «Esto está…¡hijos! don Rafael».

Y entonces, así se nos fue la vida y qué orgullo haberlo conocido, qué satisfacción haberle aprendido tantas cosas.