El Diluvio: Letras, decesos y perdedores


Rafael Cardona

Gunter Grass y Eduardo Galeano, tienen una gran cantidad de diferencias culturales, de origen, de arranque sobre el papel de cada uno de sus países pero parece mentira que haya tantas similitudes en la concepción de la vida de uno y del otro.

Por ejemplo, desde que aparecieron las novedades de Grass, sobre todo, «El tambor de hojalata», su novela fundamental, es como decir si García Márquez no hubiera escrito «Cien años de soledad».

Esa novela lo instaló en el mundo de la literatura, después tuvo otras obras  importantes, bastante importantes como la que siguió de esta que fue de «El Gato y el ratón» que es una serie de alegorías y una serie de frases y de ideas, todas relacionadas con la inconformidad.

Decía Günter Grass, y veamos dónde empiezan las similitudes, que él siempre se había considerado o lo habían considerado permanentemente controvertido, porque lo que él decía generaba comentarios de gente que estaba de acuerdo y gente que no estaba de acuerdo y entonces analizó: «deberíamos sentirnos muy estimulados por generar la controversia, porque los grandes autores escupen de buena gana y con premeditación en la sopa de los poderosos», entonces ese es también el riesgo de la profesión que hemos elegido, pagar las consecuencias de escupir la sopa del poderoso y de serruchar el trono del poder, se caiga o no se caiga, y también decía Grass «y de orinar en la columna de las instituciones públicas».

Y decía -pero no hablando sólo de él, y aquí viene Galeano- «el disfavor de los potentados obligó a Sócrates a apurar hasta las heces su opa de veneno, empujó a Ovidio al exilio, forzó a Séneca a abrirse las venas». Años después en Uruguay un escritor de izquierda en los tiempos de los tupamaros, en los tiempos de las feroces dictaduras del cono sur alentadas casi todas por los gobiernos de Estados Unidos, escribió «Las venas abiertas de América Latina», pero era una figura que nos recordaba «las venas abiertas de Séneca», de Lucio Anneo Séneca.

Entonces aquí encontramos ya un punto de coincidencia, que es el punto de coincidencia de todo artista con otro,  que es, ¿cuál?

Por un lado la inconformidad y por el otro la búsqueda.

¿Qué busca, qué buscaba, por ejemplo, Eduardo Galeano?

Eduardo Galeano buscaba la utopía, pero la utopía la han venido buscando desde Tomás Moro. Todo mundo ha buscado la utopía, pero le preguntaron un día a Galeano.

–«Oiga, ¿y para qué sirve la utopía?»

Y dijo:

— «Es la materia real del escritor. Fíjense ustedes que la utopía está en el horizonte y si está en el horizonte nunca la voy a alcanzar, porque si camino diez pasos la utopía se va a alejar diez pasos, si camino 20 pasos la utopía se va a colocar 20 pasos más allá, o sea, que yo sé que jamás nunca la alcanzaré, ¿para qué sirve? Para eso, para caminar».

Y dice Günter Gras en su relación entre el poder y la creación:

«…Sin embargo, el peor delito de los autores críticos y yo diría autores pensantes, no es hacer causa común con el vencedor en turno, su peor crimen es hacer causa común con el perdedor en turno, con los perdedores de los procesos históricos» y en ese sentido hago aquí un pequeño comentario chiquito de algo que después regresó a la pluma de Grass y que lo dijo Theodor Adorno «Ya no es posible escribir un poema después de Auschwitz» cuando escribió él mismo la educación después de Auschwitz.

CARDONA.  Gunter Grass

Y entonces años después Günter Grass pronuncia una conferencia en la que se pregunta cómo es posible escribir después de Auschwitz y encuentra que sí se puede y que se hace siendo sincero y siendo un buscador y estando de lado de los perdedores del mundo; cosa que después Günter Wallraff, otro escritor alemán contemporáneo nuestro dice «Sí» y escribe un libro que se llama,  «Con los perdedores del mejor de los mundos».

Todo esto, de estar comparando a los autores y de estar hablando de ellos, ¿para qué nos sirve?

–Nos sirve para entender que todo lo que leemos y todo lo que se crea en el mundo tiene una finalidad, y que la finalidad no es únicamente el deleite estético de una buena prosa o de una poesía conmovedora hasta el fondo del corazón; se trata de que la literatura y la lectura y la reflexión de los mejor dotados nos sirva para entender el mundo como si nosotros también fuéramos bien dotados.

No podemos pensar como genios, pero sí podemos aprender lo que pensaban los genios y para eso hay que transmitir el conocimiento y para eso hay que traducir el conocimiento. Yo no sé alemán, pero tengo buenas traducciones de Günter Grass y he leído mucho de sus obras y he entendido muchas de sus ideas hasta cuando él decía que a la rata hay que darle el Premio Nobel porque tantas ratas de laboratorio han muerto que ellas han hecho una enorme contribución al desarrollo de la ciencia sirviendo en los laboratorios.

Galeano fue, por otra parte, un buen poeta, Grass también fue un buen poeta, Galeano amaba el deporte, Grass no amaba el deporte pero amaba el dibujo, la pintura y la escultura, fue escultor, fue dibujante, hizo piezas de teatro, fue un hombre para el cual no hubo un solo rincón de la inteligencia sin explorar.

Después escribió un libro de reflexiones que se llamó «Pelando la cebolla» y ahí contó que siendo un niño prácticamente un niño fue enrolado en las SS de Hitler y cuando le dieron el Premio Nobel y con  este último párrafo y con esto seguramente acabo:

«A los 15 me puse el uniforme, a los 16 aprendí a tener miedo, a los 17 fui hecho prisionero de guerra americano, a los 18 estaba libre y me dedicaba al estraperlo (contrabando fraudulento)  y finalmente, aprendí la profesión de cantero y escultor, me ejercité en academias artísticas, escribía y dibujaba, dibujaba y escribía versos a pie ligero, hinchados por el viento y piezas de teatro grotescas, y así siguió la cosa, hasta que a mí en quien el placer estético era algo innato me resultó demasiado voluminoso aquel cúmulo de material».

Se hartó –sin dejarse nunca satisfecho–, de crear.

¿Y Galeano de qué se hartó? Galeano se hartó de predicar en el desierto, Galeano se hartó de enseñarnos que el peor ladrón de bancos es el dueño del banco que nos roba a todos; Galeano nos enseñó que había cosas en América Latina que valían la pena y una de ellas era conocer nuestra historia y también tomar mate, y también cantar y también ver un partido de futbol y también estar siempre del lado de los perdedores porque solamente se alcanzará la victoria cuando los perdedores dejen de perder.